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“Joder, J”

Publicado: octubre 22, 2010 en Uncategorized

“Joder J, qué mayores nos hemos hecho. Aunque tú sigues igual, mamón. Y mírame a mí: con traje y corbata traicionándome a diario. Espero volver por Granada un día de estos, espero encontrarte en el Ruido Rosa o en el Peatón  y a las niñatas que nos conseguíamos gracias a ti,  y espero que tengas preparado algo nuevo, como antes. Saluda a todos.  Ya ves, hoy me he levantado tonto y añorando Granada. Me han dicho que en el Amador han montado no se qué negocio.  Estoy  escuchando these important years, de los Husker. PD: hay algunos a tu lado que envejecen peor que yo.”(Recreación de un mensaje leído en internet, dirigido a J, cantante y compositor de Los Planetas).

Granada por esta época del año parece como si alguien la hubiese empaquetado minuciosamente en un vaho gélido y glacial, como si la cubriese un envoltorio de estraza que la suspenda dentro de un habitáculo inaccesible, porque en las mañanas de octubre  suele amanecer rociada por un confeti húmedo e invisible que cala hasta los huesos y cubre las avenidas con su  barniz envejecido y grisáceo impregnando a los edificios  y a los transeúntes de un aspecto desangelado  en mitad de la espesa e inhóspita niebla.

Tengo la certeza de que nada cambia lo suficientemente rápido cuando andas perdido a la deriva de esa bruma. Por muchas expectativas musicales que tuviéramos J, tú en tu rollo y yo en el mío, aquel mes de octubre de mil novecientos noventa y poco – no se si por la teoría cíclica de la historia o de la economía, vaya usted a saber- era tan aborrecible como este de dos mil diez.

Mirado con los años todo parece tan irreal, aunque veo tu imagen nítida caminando  por Pedro Antonio a contracorriente, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha  tropezándote con la marea humana del viernes noche. Quizás vas pensando en el nombre que le pondrás a tu grupo y una mueca de sonrisa leve se dibuja en tu cara porque ya lo has encontrado. “Sí” –te dices- “se va a llamar Los Subterráneos”.

Entretanto yo quizás haya sido uno de los tres o cuatro golpes que te has dado en tu deriva por la concurrida acera, cuando salía de uno cualquiera de los cientos de bares de esa calle  acompañado de Javi. Probablemente acabemos de  decidir, después de tres o cuatro cervezas, que ya no vamos a ser tan pretenciosos musicalmente y que la Harmónica de Cristal se quedará aparcada junto a su leyenda negra, para dar la bienvenida a nuestro enésimo sueño musical: Malditerráneo.

J, fue entonces cuando perdimos la prisa, cuando  la preocupación de los ensayos nos hizo renunciar, al menos momentáneamente, al vértigo de la incertidumbre, a la deriva de la nebulosa granadina  que tanto nos empujaba a hacer canciones. Ahora había que dar a conocer las que ya teníamos y empezamos a tocar por los bares que se dejaban.

Veo ahora con toda  nitidez  un cartel de Subterráneos al lado de otro de Malditerráneo. Se que tú también. Lo que ya no recuerdo es el nombre del garito donde os vi tocar por primera vez. De lo que no me he olvido es de que estuve dibujando arabescos con las letras de tus canciones en la espalda de Mai durante todo el concierto.

Sí que tengo sin embargo, una imagen sin humo ni artificio de tu presencia en la barra de La Sal en uno de nuestros bolos. A lo que no me voy a aventurar es a divagar sobre lo que tú podías estar imaginando mientras escuchabas nuestras canciones o mirabas a Paula cantando. Aunque sí pondría la mano en el fuego y no me equivocaría, si te dijera que sólo viniste a vernos tocar por la curiosidad que te producía la coincidencia fonética de los nombres de nuestros grupos.

No sé si Subterráneos fueron tan efímeros en el tiempo como Malditerráneo. O si para ti J, fueron tan intensas aquellas vivencias de tu primer grupo como lo fueron para mí las de mi único grupo. Pero tus Planetas no tardaron mucho en llegar –o simplemente tus Subterráneos en cambiarse de nombre por culpa de los de la Rosenvinge-,  ni mis Malditerráneo tampoco se hicieron esperar demasiado para perderse en la bruma granadina y no regresar más.

Tú y yo, nos seguimos viendo unos años más por los bares de Granada, por los conciertos de otros, por los amigos y conocidos comunes, pero nunca nos cruzamos ni una sola palabra. Puede incluso que alguna vez nos volviéramos a tropezar por esa manía que tenemos los artistas de andar siempre en las nubes, pero aunque te sonara mi cara  ya no sabías de qué.

Joder J, aquellos parecían ser nuestros años más importantes y qué mayores nos hemos hecho, aunque tú sigas igual, mamón. Espero volver a Granada un día de estos y preguntarte como aquellos amigos que podríamos haber sido, si te gustó algo más que el nombre de Malditerráneo, si te llegó alguna canción nuestra. Me viene ahora a la cabeza, aquella que introducía yo con una letra recreada de una alegría de Fosforito, pero a la que le poníamos música de guajira:

Hoy te vi pasar con otro

Ay por la Plaza del Potro,

Ay potrillo de los celos

Clavé un suspiro en el cielo.

Ya ves, hoy me he levantado tonto y añorando Granada.  Por cierto, me han dicho que en el Amador han montado no se qué negocio y que la tienda de comics que hay frente al Planta Baja ahora se llama Subterránea. También sé que como te gusta el aire que ahora tiene no le vas a cobrar derechos de autor por el nombre.

P.D: hay algunos  a tu lado que envejecen peor que nosotros dos.

Auri o su reflejo

Publicado: octubre 9, 2010 en Uncategorized

    El espejo del tocador es para Auri un instrumento de lectura. No en vano suele pasarse la tarde entera ensimismada en su reflejo. Lleva el recordatorio de todas las efemérides de su vida en el diario acuoso de ese lago salobre, ramificado de ovas radicosas y tubulares por las mañanas, pero que en las siestas se vuelve diáfano y cristalino, pleno de nenúfares y plantas exóticas coloreándole las mejillas.  De ahí que nunca se mire en él al levantarse, que lo huya como animal despavorido ante el presunto enemigo que se le plantara enfrente por sorpresa, sin que el viento de su olfato le haya alertado de su presencia.

    Ante él revive su historia, unas veces escrita con caligrafía apresurada, como si los acontecimientos se vieran sorprendidos por la urgencia de su propia inmediatez y le dejaran el asombro en sus ojos color fondo de mar y el gesto huidizo en la mirada de pez abisal. Sin embargo, las más de las veces el tiempo ha ejercido un dictado ralentizado que se estira  en las pausas hasta la desesperación, provocando una letra gruesa y rococó de firmes y amanerados garabatos, que con los años  terminará por conformar las arrugas impresas de su cara. 

    Ha cumplido los cuarenta el veintiocho de abril del año pasado, y en ocasiones aún tiene en sus sonrojadas mejillas ese aire virginal que le da el pudor de saberse la chica más bella en la verbena de agosto. Vuelve entonces el cuello hacia un lado, mientras con el rabillo del ojo observa en el espejo su nuca desnuda de alhajas y despejada del bosque negro y rizado de su cabellera. Se sonríe después maliciosamente durante unos instantes de pavoneo desvergonzado y un tanto infantil, para al fin terminar por sacudirse el rubor con el golpeo de su melena ensortijada.

    Normalmente se despierta sobre las siete y media, hora en la que Jose se levanta para ir al trabajo, pero casi de manera inmediata cae en el suave duerme vela que le impide saber a ciencia cierta si   su marido le dio un beso de despedida. Sobre las diez menos cuarto abre la persiana y permanece unos minutos más echada en la cama, sacudiéndose la incredulidad de estar ante el vacío cotidiano que habrá de llenar con la misma rutina hacendosa de ayer y de anteayer. Así pasa la mañana, en esos menesteres que le excusan de pensar en sí misma, flagelando su propia estima contra la aspiradora y los pucheros, para terminar maldiciendo aquel día de Santiago Apóstol en el que dio su consentimiento a esa anulación de sí misma, a la negación de su alma que el espejo le devuelve en una silueta grotesca, en un reflejo de belleza triste y madura que nadie ve, presa en el abismo verde de sus ojos, enredada y oculta entre la maleza de su pelo enmarañado.

    Cómo podría ella haber imaginado nunca que terminaría casándose con aquel niño tímido con gafas de culo de vaso que la rondaba a los once años y que le escribía versillos ripiosos. Nadie ha vuelto jamás a dedicarle un poema, y no ya a enviarle una carta o unas pocas letras de agradecimiento. En verdad, nadie puede imaginar que en algún lugar de su interior sea tan fuerte el anhelo que Auri siente por aquellos cuartetos mal rimados. Puede que incluso    su propio marido, no sólo ignore su deseo inconfesable, si no que puede además que haya desechado la posibilidad de volverle a escribir, aunque se trate tan solo de una dedicatoria junto con un regalo de cumpleaños o de aniversario.

    Auri recuerda con toda nitidez las gafas de pasta blanca con patillas negras que él tenía de pequeño y que le hacían aún más de soplillo las orejas. A ninguna de las niñas de la clase les gustaba, porque por aquel entonces era el único que llevaba gafas, y precisamente aquellas eran horrendas, aunque por el contrario le hacían unos ojos enormes y eso le llamaba mucho la atención. Pero ella no era la excepción y como el resto de sus compañeras de quinto curso bebía los vientos por Fernando Fernández, tan rubio y con aquellos ojos azules, que junto con su piel nívea le daban un aire como de dios nórdico.

    ¿Cómo iba entonces ella a considerar siquiera las rimas que Josito le escribió una buena tarde durante la hora de las manualidades y que para colmo de males fueron pasando de mano en mano por todo el aula antes de llegar a ella?. Porque sus planes eran otros en los que no entraba para nada un niño repipi que le escribiera cursilerías todos los días. Por eso no le contestó siquiera; sólo le devolvió la hoja cuadriculada aún hecha más dobleces, como si de esa manera lograra hacer desaparecer la vergüenza que le producía todo aquello. Y además… ¿qué habría pensado Fernando si le hubiese prestado la más mínima atención a otro que no fuese él; aunque sólo hubiese sido unos instantes, los que hubiese tardado en leer la carta de Jose?…

   Hoy le ha resultado más duro ponerse en pie, porque otra vez se ha pasado la noche peleando en la asfixia recurrente de esa pesadilla que no le deja dormir. Está en el paritorio rodeada de médicos y enfermeras que cuchichean escandalizados alrededor de ella. Josito le tiene la mano cogida, pero está muy callado y serio, no le responde a pesar de su insistencia. Quiere ver a su hijo, que le diga dónde está. Pero no le contesta, está como idiotizado, en el más absoluto y ridículo paroxismo. Tampoco lo hace una matrona enorme con ojos redondos y saltones que la mira con toda la conmiseración del mundo.  Entonces alguien que se parece a su ginecólogo le dice que ha tenido un hermoso salmón de tres kilos trescientos, que no se preocupe y que necesitan que firme un consentimiento para que le sean extirpados sus órganos reproductores por el bien de la ciencia.

    Ha sido la tercera o cuarta vez que ha tenido el mismo sueño en los últimos diez días. La voz se le ahoga, como si todos los desechos placentarios de todas las mujeres del mundo le tapasen la boca para que Josito no pueda oírla y la despierte de una vez por todas. Cuando al fin ha conseguido abrir los ojos, estaba empapada en sudor y se sentía reconfortada por la certeza de su propio olor corporal, tan fuerte, tan rotundo, tan real. Ha mirado el reloj de la mesilla y ha resoplado al cerciorarse de que aún no fuesen las cinco y a su lado su marido roncase profusamente, emitiendo unos estertores y cavernosos bufidos como una sinfonía sibilante en la aspiración y gutural al expeler el aire, por lo que ha decidido levantarse hasta el cuarto de baño.

    Ha permanecido sentada en la taza durante largo rato, atada a ella por una alarmante vigilia de actos coherentes, que incluso le ha asustado. Pensó entonces que lo mejor sería echar un cigarro mientras le regresaba el riego sanguíneo a su cabeza y las fuerzas a sus piernas. Ha recordado que siempre guarda un par de pitillos y un mechero en el cajón de las toallas y los ha buscado sin incorporarse. “Aurora, tú estás mal. Pero que muy mal” se  ha dicho mientras encendía el fortuna. Y dándole una calada enérgica se ha sumergido en el humo con ensimismada dedicación.

    Ha llegado el momento de tomar una determinación y esto le hace sentir un cosquilleo novedoso e infantil. El planteárselo a Jose no debería suponer ningún contratiempo. Pero esperará a la noche para abordarlo de manera reposada y tranquila. Así que le da una chupada intensa al pitillo y lo arroja a la taza del inodoro.

    Cuando se disponía a salir del cuarto de baño se ha topado con su propia mirada en el espejo, veteando unos reflejos esmeraldas desde el otro lado que le hacen parpadear de manera nerviosa. Después se ha vuelto a la cama donde su marido ya no emitía esos ruidos insoportables. Tan sólo respiraba con la intensidad misma de la noche más oscura, y lo hacía con tal abundancia, como si así se lograse dormir más deprisa y con ello consiguiera descansar doblemente. Ella ya no ha logrado conciliar el sueño por lo que decide permanecer en la cama boca arriba, mirando a nada, esperando la hora en que suene el despertador: las siete y treinta y dos minutos justas. Pero no se ha despertado hasta que no oyó como Jose daba la última vuelta en la llave al cerrar la puerta, aunque enseguida se ha vuelto a quedar dormida hasta el mediodía.

    Aurora prepara la comida con una meticulosidad casi quirúrgica. Cada paso de una receta ella lo interpreta como un rito inalterable de la ceremonia culinaria y su pulcritud tanto en el tratamiento de los condimentos como en el corte de carnes y pescados es tal, que si alguien entrara en la cocina sentiría un recogimiento semejante al que se respira en un templo durante la liturgia. Así, cuando Josito vuelve sobre las tres, nada más abrir la puerta sufre un vahído provocado por los aromas de los guisos y el hervor de los pucheros, ya que el éxtasis que su pituitaria experimenta es tal que se le descompensan los jugos gástricos. Sin embargo para Auri la cocina es el ineludible castigo que ha de sufrir diariamente por no haberse buscado aún un trabajo que la aleje definitivamente del bullir sofocante de las ollas y el olor a cebolla impregnándole la ropa, la piel. Incluso prefiere pasarse un día entero cocinando antes de tener que hacerlo durante el fin de semana, por lo que los viernes suele dedicarlos por completo a la singular tortura de la espumadera y el delantal.

    Como hoy se levantó tarde, ha echado mano de las eficaces recetas de pastas de su cuaderno rojo, que suele sacarla de más de un apuro. Así que dio un baldeo a las cuatro macetas que tiene en la terraza, arregló un poco el salón, fregó el cuarto de baño y se ha despachado después con unos espaguetis con carne picada de ternera a los tres quesos.

    Hoy Josito se adelantó en su llegada un cuarto de hora, por lo que antes de comer se sentó en el ordenador a repasar el correo. Después, ha apagado el ordenador y se ha dirigido hacia la cocina, lugar donde suelen hacer las comidas al no ser que tengan invitados, ya que entonces lo hacen en el salón. Se ha sentado delante del plato, lo ha probado y ha sonreido a Auri celebrando la sabrosa mezcla de queso gorgonzola, mozarela y parmesano que cubría los espaguetis como una lava volcánica. Después de hechos los honores se ha quedado como absorto en el chasquido de su mandíbula al masticar o quizás narcotizado por los efluvios de aquel magma de pasta y queso que tanto celebraba, pero que siempre devora sin apenas saborear, con el consiguiente enfado de su mujer.

    – ¡ No se para qué me rompo la cabeza pensando en qué hacer de comer!. Si total, tú nunca lo sabrás valorar.

    – Tengo hambre y sabes que cuando tengo hambre, devoro. Es así de simple, no tienes porqué enfadarte.

    – Una cosa es el hambre y otra la consideración y el respeto por la cocinera.

    En este momento de la conversación Jose suele callarse para evitar un farragoso y molesto cuerpo a cuerpo con Auri, quien siempre continúa su letanía durante unos instantes hasta que por fin considera que se ha desahogado lo suficiente. A todo esto, ya ha terminado de comer, así que recoge sus platos, los mete en el lavavajillas y prepara el café mientras Auri aún anda con el postre.

    Es un ritual que repiten de manera invariable todas las sobremesas y eso a ella le produce cierta incomodidad, sobre todo porque casi nunca su marido permanece sentado en la mesa  mientras ella aún no ha terminado, aunque sólo lo haga para poder contarle las trivialidades que ese día hubiesen ocurrido en la tienda. Por el contrario, se marcha hasta el salón y se tumba en el sofá para dormitar con las noticias de la tele durante los cinco minutos exactos que tarda en despertarle el aroma del café recién hecho.

    Pero hoy ella estaba dispuesta a romper su feliz rutina, a estropearle la seguridad que le da saberse el dueño de ese momento y de ese tiempo, porque lo dice la máxima jurídica, que la costumbre es derecho, y justo después que Jose se ha secado las manos tras haber dejado en el fuego mediano la cafetera, le atacó con una de esas preguntas que a él le hacen arquear las cejas.

    – ¿Cuándo te puedes coger una mañana libre esta semana?.

   Jose permaneció inmóvil, aguantando a duras penas el rictus de las cejas. Respiró profundamente y contestó con otra pregunta.

    – ¿Cuándo te interesa a ti que lo haga?.

    – El jueves, el jueves es el día perfecto.

    Aurora contestó inmediatamente, como si el dejarle pensar supusiera una ventaja que no le podía permitir, por lo que de esta manera ha logrado entorpecer el baile inquieto que sus cejas habían comenzado arriba y abajo. Después   ha permanecido a la expectativa mirando a su marido con un gesto de chulería no exento de cierta petulancia y que le hace achinar sus ojos hasta transformarlos en dos finas rayas verdes.

    – Pues veré qué puedo hacer…

    – ¡Cómo que veré qué puedo hacer!, ¡tienes que librar el jueves por la mañana!

    – ¿Pero qué es eso tan urgente que te traes entre manos?

    – He concertado una cita en la Clínica de fertilidad para las diez de la mañana.

    – ¿Y porqué no has empezado por ahí en vez de montarme el numerito? De todas maneras, gracias por contar conmigo para tomar decisiones.

    – Sabes perfectamente que sobre este tema hemos hablado millones de veces y creía que eso ya lo teníamos discutido y estábamos de acuerdo ¿no?

    Aurora no soporta las amnesias repentinas que suele sufrir su marido, por lo que su tono de voz se vuelve más violento.

    – La última vez que hablamos sobre ello me dijiste que fuera mirando el tema y lo he hecho. Además, tú mismo sugeriste que debíamos tener en cuenta la posibilidad de buscar ayuda facultativa.

    – Está bien, está bien… ¡llevas toda la razón del mundo ¡ perdóname. El jueves… sí, perfecto.

    El bullir de la cafetera lo ha devuelto a sus menesteres y con mucho mimo sirve dos cafés cortados en la mesa de la cocina, mientras Auri hace un intento de tirar a la basura, junto a las sobras de su plato, aquel poso de amargor que su marido había logrado reavivar en su estómago. Cuando termina de empujar con el tenedor el último resto y se vuelve hacia Jose, éste ya la espera sentado en la mesa con la misma sonrisa de idiota que ella tanto suele celebrar, aunque ésta vez no le surtió efecto.

El ruido de tu silencio.

Publicado: octubre 7, 2010 en Uncategorized

    Tenía por aquel entonces las carnes abiertas y maceradas en güisqui. Paseaba de bar en bar el brillo mate de su piel como bandera de la dejadez y la inmundicia en la que vivía. Era ese estúpido orgullo exhibicionista de su propia fatalidad que le acompañaba desde la adolescencia. El mismo sentimiento que siempre le había llevado a mostrar el supurar de las heridas como si se tratara de un tatuaje voluntariamente infringido, haciéndolo con plena conciencia de lo doloroso e irreversible que resulta.

    Era la danza cruel de sus hormigas borrachas que golpeaban las puertas del Madrid infierno en la madrugada del viernes y que ella paseaba por los garitos de Malasaña rehuyendo el flujo incesante de la lujuria, mientras el ácido escórbico se le desparramaba a borbotones entre sus piernas y terminaba por alcanzarla a la otra orilla de la barra, donde siempre había alguien que percibía su irresistible, casi insoportable textura.

    Aquella noche de noviembre del ochenta y siete, en un ascético e inusual gesto de ayunas, María se retiró después de la segunda cerveza. Caminó hasta la Glorieta de Bilbao tropezándose desafiante contra los rostros festivos de la multitud que bajaba hacia Tribunal. Les echaba en cara su alegría, su jovialidad, su veneración para con el dios fin de semana. Una vez en Bilbao paró un taxi y se alejó por Fuencarral hacia la Glorieta de Quevedo. No tardó ni cinco minutos en llegar hasta la esquina de Bravo Murillo con Francos Rodríguez. Allí, en el número diecisiete, se encontraba el estudio donde vivía.

    En la puerta había una placa de la academia de inglés del tercero. No tenía portero automático y la cerradura resonó como una ráfaga de metralla por el frío y sucio pasillo. El edificio era un viejo patio de vecinos con cuatro plantas. Subió hasta arriba, hasta el cuarto y al final del húmedo y oscuro corredor quedaba la pequeña puerta metálica que daba a su boardilla. La abrió no sin cierta dificultad y entró sin encender la luz. Se quitó su inseparable abrigo largo jaspeado que dejó sobre la única silla que había en la habitación y se descalzó las pesadas botas. Prendió un velón casi consumido que había sobre una enorme mesa cuadrada de madera ennegrecida por los años. El reflejo de la llama bailaba su rostro marfileño en el cristal del gran ventanal que daba al patio y la penumbra oscilante dejaba entrever los restos de la sopa del mediodía en el plato y las migajas de pan entre los libros que había sobre la mesa.

    Al otro lado del pequeño estudio, se adivinaba un colchón sobre una plataforma de madera y un cajón forrado en tela que hacía las veces de mesilla de noche, encima del cual se encontraba otra improvisada palmatoria con un velorio más pequeño sellado a una taza de café por la misma cera. María se postró sobre el camastro y se cubrió con una colcha roja poblada de chinas paseando con sombrillas en azul. Después se abrazó al almohadón amarillento y deforme que tardó en encontrar entre el desorden de las sábanas aferrándose a él con todas sus fuerzas, como si de esa manera se disipasen las pesadillas o se apaciguase la hambruna y el bullir del bajo vientre.

     Durmió toda la noche de un tirón y cuando a eso de las doce del mediodía los rayos del sol le alcanzaron los ojos, se incorporó sobre el camastro colocándose la almohada en la espalda. Cogió unos apuntes manuscritos y llenos de tachaduras que había sobre la mesilla y los ojeó por encima antes de dejarlos caer sobre las figuras chinescas de la colcha. Miró entonces hacia el ventanal con el ensimismamiento de quien aún no se ha desperezado por completo, cuando tres golpes secos y espaciados sonaron en la puerta metálica. Ni siquiera se calzó, quizás por el mismo sobresalto que le produjo la inesperada llamada, y de puntillas se encaminó hacia la entrada.

     No reconocía aquella silueta distorsionada y cabizbaja que le devolvió la mirilla y comenzó a desandar sobre las puntas de los dedos el trecho que había entre el ínfimo pasillo y el frente de la cama, pero tres toques más nerviosos y apremiantes hicieron que se detuviera justo delante del catre. Entonces una voz solemne, como rebotada de entre los pilares de un templo, la llamó tras la puerta. Su timbre reverberante le pareció muy familiar, sobre todo porque aquellas resonancias de púlpito no terminaban de camuflar un acento cuya musicalidad no le era del todo extraña.

    – María, ¿estás ahí?. Ábreme, por favor.

     Abrió la puerta con un temblor vago de incertidumbre y emoción metido entre los huesos y se topó con una figura oscura y desgalichada que en ese momento se encontraba de espaldas y que se volvió hacia ella como un resorte al oír el chirriar herrumbroso de los goznes. Tardó todavía unos segundos en encontrar a Julio Villán debajo de un gabán gris oscuro con el que se resguardaba del frío en aquel desapacible sábado de noviembre.

    – ¿No me vas a pedir que pase o es que te piensas quedar ahí, helada como un pasmarote?.

     Ella se abrazó contra él a pequeñas dosis, como si quisiera racionar la inusitada intensidad que la emoción de verlo de nuevo le producía. Su pulso se había desatado en una carrera incontrolable y había que rehacerse sin levantar la más mínima sospecha, por lo que había que reaccionar con celeridad.

    – ¿De dónde sales tú , niño?.

    – Ya ves, el fantasma de tu pasado que regresa de improviso… pero… ¿ me vas a dejar entrar o no?.

    – Adelante, estás en tu casa. Es una covacha humilde, pero acogedora. Perdona que esté todo revuelto,   pero no esperaba visita. Además me acabo de despertar…

    – No me digas que te he despertado.

    – No, descuida. Sólo estaba vagueando un rato antes de levantarme. Ponte cómodo mientras me adecento un poco.

    María desapareció detrás del biombo de tela morada que separaba el retrete y la ducha del resto de la habitación y al momento se oyó el agua correr. Julio inspeccionaba el cuarto con curiosidad detectivesca, buscando quizás el más leve rastro que delatara la visita asidua de un hombre o su pertenencia a aquel paisaje de sábanas alborotadas y de chinitas con sombrilla. De pronto se percató de que en aquel ático lleno de libros con restos de comida y platos apilados no había ni un miserable radio transistor.

    – ¿Es que en esta casa está prohibida la música?.

    – ¡Perdona, no te escucho!.

    Ella cerró la ducha y Julio volvió a preguntar.

    – Decía que si hay música en esta casa.

    – No. Bastante contaminación acústica hay ya en la calle. Así cuando llego a casa puedo escuchar el ruido que hace mi estómago.

    – …O el ruido de tu silencio.

    – El ruido de mi silencio. Qué curioso, no lo había pensado. Me quedo la frase.

    Mientras pronunciaba aquellas palabras María salió de detrás del biombo envuelta en una toalla blanca de baño. Sentía como las hormigas alborotaban su vientre con pequeños mordiscos y pronto el tintineo de sus antenas terminó por erizarle cada poro desde los pies a la cabeza. Julio se había sentado en la cama y la miraba con esa cara de vértigo que ponen los hombres cuando se asoman a los ojos de una mujer desde la cima de una fuerte erección. María conocía de sobras aquella mirada y asintió dejando caer la toalla al suelo. Él se acercó lentamente y saludó los senos de ella con una caricia larga que prolongó con delicadeza desde el índice, pasando por la palma de la mano, hasta la cara interior de su antebrazo. María sin embargo lo desnudó con violencia, incluso le hizo daño al tirarle de la ropa interior. Después, en el suelo los dos, comenzaron una vez más su baile tantas veces repetido y tantas veces añorado, mientras las horas se escapaban irremediablemente por el ventanal hasta el patio de vecinos, sin que ellos tuvieran consciencia una vez más de que a pesar de todo aquel remolino que orbitaba en sus cuerpos la noche llegaría con sus sombras inapelables y su incontestable silencio.

    El hormiguillo en las axilas, el cosquilleo en las corvas de las piernas, el escalofrío de los senos, el aleteo de los ojos y de los labios se terminó a la par que la tarde aceleraba su mortecina cadencia hacia la oscuridad y la noche aconteció en forma de mancha azulada sobre el torso desnudo de María, mientras su irremediable suceso le tatuaba yedras trepadoras por los muslos a un sorprendido y sonriente Julio. Permanecía mirándola con una mueca idiota que le hacía babear sobre el saliente ombligo de ella, sin dejar de dibujarle garabatos sinuosos entre los rizos del pubis, buscando quizás contagiarla de su jovial memez, de ese mismo conformismo imbécil por el que ella había huido de su lado.

    Pero a María, aunque se mantenga callada en su oscuridad azulada, con un trazo recto en las cejas y una serenidad redonda y almendrada en sus firmes ojos, mirando la luna de color crudo, ese mismo astro que presuroso se come las nubes del cielo infame, prostituido, sucio de Madrid; aunque permanezca a la escucha de la caracola multicolor, de las voces que se escapan por el embudo del patio interior y a pesar de su ausencia fingida, aún espera el arrebato vehemente de Julio, el rapto alocado de su cadera de nuevo, el súbito ardor de antaño; pero éste no llega, pues murió, se fue, voló a otro tiempo y a otro lugar.

    Y ella se pregunta por qué ese Villán de mil novecientos ochenta y siete no la mira con niebla desde detrás de sus ojos ni besa con sabor a moras y a deseo, sino que cabalga con prisas sincopadas y se desfoga como un animal cansado y hastiado del celo permanente de la apremiante hembra. Entonces escruta en sus ojos por si viniera una respuesta en forma de guiño cómplice o clave cifrada de otros tiempos, pero el aire de ensueño místico y la sempiterna melancolía que inundaba la primavera granadina con danzas libertarias de sábanas mojadas, ha quedado mancillado por una mácula burlona y de mofa que ensucia la pose de su reincidente y casi cíclico amante.

     Él le contó entonces que era un Villán de paso, que había llegado aquel día con su tienda de nómada y su beso efímero; con su cópula urgente y su posterior disculpa y la prisa siempre, pues tenía que estar a las diez en un pequeño local de Malasaña que se llamaba La Timba, donde aquella misma noche actuaba Javier Ruibal, a quien iba a entrevistar para el número cero de una nueva revista musical de Barcelona, donde llevaba poco más de seis meses tratando de buscarse la vida con alguna que otra colaboración esporádica en La Vanguardia o realizando críticas musicales para el Rock de Luxe. No era mucho, pero le daba para ir tirando. Aparte, le dijo que tenía in mente un bonito proyecto de programa para la radio y que estaba a punto de lograr ponerlo en marcha.

    Se vistieron a la carrera. María se envolvió enseguida la contrariedad como si de un pañuelo nuevo se tratara y adornó sus ojos con una sombra de decepción evidente, aunque volver a escuchar a Ruibal recompensaba el esfuerzo que le supuso abandonar la pereza, tan familiar ya y apostada a menudo sobre su frente en los atardeceres de aquel invierno. Mientras se dirigían andando hasta Malasaña María recordaba la primera vez que escuchó a Ruibal años atrás en Granada, justo en el tiempo en que su preocupación mayor todavía consistía en aprender a respirar en mitad de los besos interminables y los envites a contrapelo; cuando las miradas de Julio le estremecían por primera vez y sus palabras sentenciaban como si fuesen las últimas. Fue en uno de aquellos conciertos primaverales de Plaza Nueva cuando Javier Ruibal no sólo se coló en la banda sonora de su reino de convulsión y hormigas, sino que una de sus canciones fue desde entonces y por mutuo acuerdo el himno del país de la desesperación y la tierra del amor terminal para sus dos únicos moradores. Esa canción era “Amada”, subtitulada por su propio autor como Romanza de Desertores, donde el guerrero que viene huyendo le pide a la dama que le borre de su mente y de su cuerpo todo el horror y la muerte que dejó atrás y que luego se ate a él de manos y pies para que no lo lleven de su lado y le arrojen de nuevo al campo de batalla.

    Aquella noche la parroquia de La Timba era bastante numerosa, ya que se dejaba notar la presencia entre el público de más músicos de lo que solía ser habitual, lo cual no era de extrañar si teníamos en cuenta que Javier estrenaba su segundo disco, “Cuerpo Celeste”. Llegaron ya cuando el concierto había comenzado y a Julio le agradó comprobar quiénes eran los acompañantes de Ruibal aquella noche en el escenario. Así, al entonces habitual Antonio Toledo a la guitarra, había que añadir a Marcelo Fuentes al bajo, Sebastián Rubio a la batería y también a un jovencísimo Antonio Carmona que casi comenzaba en aquel concierto su andadura profesional atacando diversos instrumentos de percusión que le rodeaban y casi le ocultaban del público, sirviéndole de cobijo en su rincón del escenario.

    Mientras tomaban posición en una de las esquinas de la pequeña sala, comenzaron a sonar los primeros acordes de “Guadalquivir” y cierto aroma a hachís dejó de ser una sospecha de la intuición pituitaria, para convertirse en el envoltorio denso y mimético que transformó la guitarra de Toledo en un laúd andalusí que iba dibujando arabescos en series repetidas y concéntricas con la certera y frenética púa sobre las tersas cuerdas. Desde su rincón del escenario Carmona acariciaba las marroquinas con suaves pero rotundas palmadas que vibraban como si fuesen el eco en las notas del bajo de Fuentes y siempre a contrapunto con los redobles de la batería de Sebastián Rubio. La atmósfera de la canción iba subiendo sibilina, serpenteando la música entre el humo de los canutos para alcanzar su cenit con la melisma sublime que la voz prodigiosa del cantautor gaditano iba sorteando entre los meandros del río andaluz. María miraba a Julio entre escéptica y sorprendida, buscando que sus ojos le explicaran cómo la garganta de Ruibal siempre salía airosa entre neumas y jipíos en aquel alarde de letra breve e intensa – A mí… Agua sin fin… Río… desbórdame el corazón… y dame la nobleza… de tu fuerza… háblame de lo que soy… y dime que me espera… –.

    Sólo habían transcurrido unos quince minutos de concierto y Julio ya había podido cerciorarse de que la música iba a continuar por los mismos derroteros, que no eran otros que los que iba marcando el nuevo trabajo de Ruibal, ya fuera con los temas más enraizados en el folklore andaluz como “Tierra”, “Manuela” o “Ay Pelao”… para adentrarse después por terrenos más abiertos a la improvisación y al jazz como ocurre con “Pasará”, para desembocar al fin en esa especie de oda marginal que constituyen los versos de “Ojos de almendra”, con los guiños que para con el maestro Serrat, Javier dejaba escapar en su construcción.

    Pero como en el primero de sus trabajos, y a pesar de que Julio había escuchado el disco unas diez veces el día anterior, la grabación no parecía hacer justicia a lo que sus oídos estaban escuchando aquella noche. La frescura inaudita que su voz alcanzaba en directo junto con la destreza y fuerza de que parecían contagiarse todos los músicos que terminaban por adentrarse en sus melodías, era a lo que Julio ya denominaba como la dimensión no acústica de la música de Ruibal: el colorido intenso y apasionado de cada una de las notas que salen de su garganta y que sólo puede percibirse en sus conciertos, brotando como una fuente serena unas veces y como un arroyo bullicioso otras, pero siempre escapando acuosa y trasparente, bien de entre la inmensa sonrisa de su voz en los temas alegres, o bien desde el llanto piano y nocturno al que acompaña el tañido de la guitarra de Toledo en las canciones más íntimas y tristes.

    María se esforzaba por no mirarse en aquella música que rebotaba contra su pasado como una reverberación, como un flas que le devolvía la fotografía ya olvidada de la locura imposible de su relación con Julio. Sonaron entonces los primeros compases de “La canción del gitano” y se volvió hacia él como un resorte, buscando su mirada anuente y cómplice. Pero se topó con sus ojos luminosos y magnéticos que la penetraban y herían de nuevo. Sentía como se ahogaba dentro de la neblina intensa, casi nebulosa de la mirada de un Villán que otra vez se aparecía vivo e inconformista ante ella y dispuesto a darse de bofetadas contra la máscara de su pretendida indolencia. Tenía un miedo inconfesable y se avergonzaba con verdadero arrepentimiento de haber deseado toda la tarde aquella misma ansia agónica que ahora sí dejaba entreverse desde la turbadora mirada de su amante circular, periódico, cíclico. Pero sabía que debía romper el hilo que aún parecía tenerla atada a aquel hombre y actuar con rapidez, pues sentía que la tensión la estaba atenazando de tal forma que ya no opondría ninguna resistencia a los abrazos y a las caricias ya inminentes de Julio.

    Y de repente, cuando estaba a punto de rendirse, una luz vino abriéndose paso desde el otro vértice de la sala hasta que se colocó con una inmensa sonrisa que le cubría el rostro por entero justo a la espalda de Julio. Porque en aquel preciso instante la ingenuidad de la cara de Álvaro, temblando burlón como una luminaria de feria detrás del gesto circunspecto de Julio, hizo sonreír a María, más que por la jocosidad de la situación, por el alivio que le suponía su inesperado encuentro.

    Los dos se abrazaron como si en lugar de dos días llevasen dos años sin verse, apretujándose hasta con violencia de tal modo que ello hizo sentirse ignorado e incómodamente desatendido a Julio, por lo que aprovechó el momento para ir a pedir a la barra. En verdad, necesitaba algo de alcohol que le aliviase un poco el fastidio que sentía por aquel inoportuno encuentro, así que se pidió un Havana Club de siete años. Apenas lo saboreaba, sino que englutía el contenido del vaso con una avidez desesperante por llegar hasta el fondo y beberse todas las preguntas que le surgían a borbotones: ¿sería aquel niñato que tantas confianzas parecía tener con María su última adquisición en la cama?, ¿sería él con esa carita de ángel el causante del revoltijo de sus sábanas o el dueño del fuerte olor a almendras amargas que gravitaba en aquella habitación?. Y él mismo se dio la respuesta cuando volvió la vista hacia el centro del garito y pudo ver como aquel individuo no paraba de tocarle el culo casi de manera compulsiva y nerviosa, mientras María parecía estar diciéndole al oído que la llevase de allí donde pudieran yacer hasta que se hiciese de día y que la penetrase con su lanza aún de púber hasta que le desgarrase las entrañas y la partiera en dos con su fuerza de pollastre advenedizo.

    Julio abandonó sus soeces pensamientos en el mismo instante que Ruibal atacaba en la guitarra las primeras notas de “Amada”. Miró entonces a María esperando su reacción, pero allí continuaba ella en una danza de torpes pasos y un tanto mecánicos de aquí te toco, allí me besas cuando yo te empuje para que luego me achuches. Aquello lo encendió aún más, dejándolo a punto de estallar puede que de celos o quizás de indignación, pero eso sí, bien asido con fuerza al vaso ya vacío de ron añejo como si de ello dependiera para mantener el equilibrio y no terminar de bruces llorando contra el suelo.

    Quizás aquella reacción que estaba experimentando debiera haberla tenido apenas un año antes, durante los meses que sucedieron a la ruptura con María. Todos habrían visto como normal e incluso comprendido, el que hubiese ido arrastrando su llanto por las calles sumido en una desdicha tal que la desesperación no habría tardado mucho tiempo en hacer acto de presencia. Pero ni sus más íntimos le notaron entonces el menor atisbo de dejadez, el más pequeño asomo de tristeza, ni tan siquiera una cierta melancolía al hablar de la ruptura cuando alguien le abordaba con la consiguiente pregunta.

    Si bien ello no quería decir que su indiferencia fuera vista entonces como algo dentro de la normalidad y la lógica. Más bien, toda aquella indolencia y aquel mutismo en el que se envolvió producían verdaderos escalofríos. Daba miedo su serenidad tan inhumana y artificial. Aquel otoño de soledad sucedió sólo en el interior de su cabeza, pues siempre se le veía acompañado de una morena exhuberante, incluso contaban que tuvo una atormentada y tumultuosa aventura con ella en medio del más absoluto desenfreno y con la marca inconfundible de la desesperada autodestrucción que fue esculpiendo en su rostro una infame cicatriz para los restos.

    Pero tras la euforia de los primeros momentos de aquella incipiente y precipitada relación llegó el crudo y largo invierno, que con sus interminables noches en vela fue repasando cruelmente el dibujo triste de su cara cansada y envejecida prematuramente. Y de un día para otro, sin que nadie se diera cuenta de ello, las canas y el gesto sobrio vinieron a formar parte del retrato cotidiano de Julio, hasta que la crisis de la primavera le estalló de lleno transformando milagrosamente su afanoso andar de gusano por unas coloridas alas de mariposa que airearon sus pensamientos y lo arrastraron desde Granada hasta Barcelona con todos aquellos proyectos e ilusiones que emergieron como una erupción alérgica por todo su cuerpo.

    Y por eso era por lo que estaba allí, ¡qué demonios!. No había venido ha Madrid a terminar de descarnarse a empelladas contra la agónica e inmisericorde voracidad uterina de María. Faltaría más que ahora sus logros rodaran montaña abajo, pues el no se sentía precisamente un Hércules obstinado en el empecinamiento de comenzar una y otra vez. Realmente estaba viejo y cansado para esos juegos rituales ¿o es que tenía que mearse en cada esquina de Malasaña para decir aquí estoy yo?, ¿tenía que malgastar sus fuerzas ya muy justas a cabezazos y dentelladas contra los lobos jóvenes de aquella manada nocturna?. ¡Claro que no!, así que pagó su copa y sacó del bolsillo interior de su gabán el bloc de notas y la pluma.

    En verdad Álvaro no era uno más en la interminable colección de María. Álvaro era el amante constante, el que siempre llamaba a la puerta en el momento preciso, el que atacaba su cama con la estrategia certera y regalaba después su sonrisa perfecta, aunque ella no hubiera sentido nada más que punzadas secas llenando su vagina de más vacío si cabe. Tenía siempre esa jovialidad en la cara que le hacía familiar y cotidiano, por lo que no estorbaba que pasara las semanas enteras ahí, echado en el lado izquierdo del colchón revuelto y hediondo como un mueble más del destartalado estudio. Era simplemente el desahogo. Nunca pedía nada a cambio y a María no le hacía mal su compañía. Solía desaparecer cada dos o tres días sin decir dónde iba ni cuándo volvería, y casi siempre, coincidiendo con el fin de semana se dejaba ver por los lugares comunes como por casualidad. Esa casualidad estudiada que no molesta ni hace daño a nadie, pero siempre dejándole a María la última palabra. Lo había conocida un día a la salida de clase en la cafetería de la facultad. Habían compartido primero un café, después unas cervezas, para acabar aquella misma noche retozando en la cama como dos posesos. Y en las caricias que ahora intercambiaban en mitad de la Timba se deducía que habían llegado a compenetrar perfectamente los ritmos y los rituales de ambos.

    En ese momento, María recordó que había venido con Julio y que ya no estaba junto a ellos. Pero no tardó en encontrarlo en un rincón de la barra tomando notas junto a su segunda copa de ron. Por entonces Ruibal y su grupo habían alcanzado la parte final de su recital y lo hacían subiendo la temperatura ambiental con otro de los himnos oficiosos que su primer disco había dejado en la memoria emocional de Julio: “Al amor”. María lo veía escribir en la barra, sumida su pluma en una borrachera de vértigo y de palabras atropelladas, así que no lo quiso interrumpir y se marchó cogida de la mano de Álvaro sin decirle nada.

    Durante los ocho meses que María siguió viviendo en Madrid, no volvería a coincidir nunca más con Julio ni tendría noticias de él, salvo el paquete que recibió el martes siguiente a su desencuentro en la Timba. Venía acompañado de una nota, una estrofa de “Amada”: …mira bien mujer… el llanto amargo que derramo… es lo único bueno que encontré para ti… Dentro había un pequeño aparato radio casete de una conocida marca japonesa y la cinta de “Cuerpo Celeste”. En el interior de la carátula Ruibal, una vez terminada su entrevista con Julio, había escrito la siguiente dedicatoria sugerida por el mismo Villán: “Para María, libre oyente del sonido de los silencios, con todo el cariño, estos mis ruidos encerrados en una caracola”.

     María abrió el paquete tímidamente, tirando del celofán por uno de los extremos. Sólo acertó a distinguir el aparato radio casete. Recordó la conversación que sobre la música que no había en aquel cuarto había mantenido la tarde del sábado con Julio y volvió a cerrarlo cuidadosamente. Nadie turbaría el silencio de su habitación y mucho menos el ruido sucio y sordo que le producía el recuerdo de Julio, así que cogió el paquete y lo metió en el fondo de la alacena que utilizaba como trastero. Ella terminó yéndose de Madrid el verano siguiente, sin tan siquiera recordar que había dejado algo en aquella alacena.

La canción del Náufrago

Publicado: octubre 7, 2010 en Uncategorized

No quiero que nadie me venga a rescatar

mi naufragio es un deseo de buenos sentimientos.

No puedo vagar ocioso por la playa

ni esperar un barco de multicolor gentío,

porque fue premeditado naufragar

donde mis oídos no escuchen la multitud.

No he puesto señales ni encendido hogueras

no hago muescas cada día en los árboles

no llevo diarios ni escribo tratados.

Sólo lanzo mensajes en vidrio verde

a la calma desesperante de tu mar.Tenerife, septiembre de 2.010. Calma chicha.