Auri o su reflejo

Publicado: octubre 9, 2010 en Uncategorized

    El espejo del tocador es para Auri un instrumento de lectura. No en vano suele pasarse la tarde entera ensimismada en su reflejo. Lleva el recordatorio de todas las efemérides de su vida en el diario acuoso de ese lago salobre, ramificado de ovas radicosas y tubulares por las mañanas, pero que en las siestas se vuelve diáfano y cristalino, pleno de nenúfares y plantas exóticas coloreándole las mejillas.  De ahí que nunca se mire en él al levantarse, que lo huya como animal despavorido ante el presunto enemigo que se le plantara enfrente por sorpresa, sin que el viento de su olfato le haya alertado de su presencia.

    Ante él revive su historia, unas veces escrita con caligrafía apresurada, como si los acontecimientos se vieran sorprendidos por la urgencia de su propia inmediatez y le dejaran el asombro en sus ojos color fondo de mar y el gesto huidizo en la mirada de pez abisal. Sin embargo, las más de las veces el tiempo ha ejercido un dictado ralentizado que se estira  en las pausas hasta la desesperación, provocando una letra gruesa y rococó de firmes y amanerados garabatos, que con los años  terminará por conformar las arrugas impresas de su cara. 

    Ha cumplido los cuarenta el veintiocho de abril del año pasado, y en ocasiones aún tiene en sus sonrojadas mejillas ese aire virginal que le da el pudor de saberse la chica más bella en la verbena de agosto. Vuelve entonces el cuello hacia un lado, mientras con el rabillo del ojo observa en el espejo su nuca desnuda de alhajas y despejada del bosque negro y rizado de su cabellera. Se sonríe después maliciosamente durante unos instantes de pavoneo desvergonzado y un tanto infantil, para al fin terminar por sacudirse el rubor con el golpeo de su melena ensortijada.

    Normalmente se despierta sobre las siete y media, hora en la que Jose se levanta para ir al trabajo, pero casi de manera inmediata cae en el suave duerme vela que le impide saber a ciencia cierta si   su marido le dio un beso de despedida. Sobre las diez menos cuarto abre la persiana y permanece unos minutos más echada en la cama, sacudiéndose la incredulidad de estar ante el vacío cotidiano que habrá de llenar con la misma rutina hacendosa de ayer y de anteayer. Así pasa la mañana, en esos menesteres que le excusan de pensar en sí misma, flagelando su propia estima contra la aspiradora y los pucheros, para terminar maldiciendo aquel día de Santiago Apóstol en el que dio su consentimiento a esa anulación de sí misma, a la negación de su alma que el espejo le devuelve en una silueta grotesca, en un reflejo de belleza triste y madura que nadie ve, presa en el abismo verde de sus ojos, enredada y oculta entre la maleza de su pelo enmarañado.

    Cómo podría ella haber imaginado nunca que terminaría casándose con aquel niño tímido con gafas de culo de vaso que la rondaba a los once años y que le escribía versillos ripiosos. Nadie ha vuelto jamás a dedicarle un poema, y no ya a enviarle una carta o unas pocas letras de agradecimiento. En verdad, nadie puede imaginar que en algún lugar de su interior sea tan fuerte el anhelo que Auri siente por aquellos cuartetos mal rimados. Puede que incluso    su propio marido, no sólo ignore su deseo inconfesable, si no que puede además que haya desechado la posibilidad de volverle a escribir, aunque se trate tan solo de una dedicatoria junto con un regalo de cumpleaños o de aniversario.

    Auri recuerda con toda nitidez las gafas de pasta blanca con patillas negras que él tenía de pequeño y que le hacían aún más de soplillo las orejas. A ninguna de las niñas de la clase les gustaba, porque por aquel entonces era el único que llevaba gafas, y precisamente aquellas eran horrendas, aunque por el contrario le hacían unos ojos enormes y eso le llamaba mucho la atención. Pero ella no era la excepción y como el resto de sus compañeras de quinto curso bebía los vientos por Fernando Fernández, tan rubio y con aquellos ojos azules, que junto con su piel nívea le daban un aire como de dios nórdico.

    ¿Cómo iba entonces ella a considerar siquiera las rimas que Josito le escribió una buena tarde durante la hora de las manualidades y que para colmo de males fueron pasando de mano en mano por todo el aula antes de llegar a ella?. Porque sus planes eran otros en los que no entraba para nada un niño repipi que le escribiera cursilerías todos los días. Por eso no le contestó siquiera; sólo le devolvió la hoja cuadriculada aún hecha más dobleces, como si de esa manera lograra hacer desaparecer la vergüenza que le producía todo aquello. Y además… ¿qué habría pensado Fernando si le hubiese prestado la más mínima atención a otro que no fuese él; aunque sólo hubiese sido unos instantes, los que hubiese tardado en leer la carta de Jose?…

   Hoy le ha resultado más duro ponerse en pie, porque otra vez se ha pasado la noche peleando en la asfixia recurrente de esa pesadilla que no le deja dormir. Está en el paritorio rodeada de médicos y enfermeras que cuchichean escandalizados alrededor de ella. Josito le tiene la mano cogida, pero está muy callado y serio, no le responde a pesar de su insistencia. Quiere ver a su hijo, que le diga dónde está. Pero no le contesta, está como idiotizado, en el más absoluto y ridículo paroxismo. Tampoco lo hace una matrona enorme con ojos redondos y saltones que la mira con toda la conmiseración del mundo.  Entonces alguien que se parece a su ginecólogo le dice que ha tenido un hermoso salmón de tres kilos trescientos, que no se preocupe y que necesitan que firme un consentimiento para que le sean extirpados sus órganos reproductores por el bien de la ciencia.

    Ha sido la tercera o cuarta vez que ha tenido el mismo sueño en los últimos diez días. La voz se le ahoga, como si todos los desechos placentarios de todas las mujeres del mundo le tapasen la boca para que Josito no pueda oírla y la despierte de una vez por todas. Cuando al fin ha conseguido abrir los ojos, estaba empapada en sudor y se sentía reconfortada por la certeza de su propio olor corporal, tan fuerte, tan rotundo, tan real. Ha mirado el reloj de la mesilla y ha resoplado al cerciorarse de que aún no fuesen las cinco y a su lado su marido roncase profusamente, emitiendo unos estertores y cavernosos bufidos como una sinfonía sibilante en la aspiración y gutural al expeler el aire, por lo que ha decidido levantarse hasta el cuarto de baño.

    Ha permanecido sentada en la taza durante largo rato, atada a ella por una alarmante vigilia de actos coherentes, que incluso le ha asustado. Pensó entonces que lo mejor sería echar un cigarro mientras le regresaba el riego sanguíneo a su cabeza y las fuerzas a sus piernas. Ha recordado que siempre guarda un par de pitillos y un mechero en el cajón de las toallas y los ha buscado sin incorporarse. “Aurora, tú estás mal. Pero que muy mal” se  ha dicho mientras encendía el fortuna. Y dándole una calada enérgica se ha sumergido en el humo con ensimismada dedicación.

    Ha llegado el momento de tomar una determinación y esto le hace sentir un cosquilleo novedoso e infantil. El planteárselo a Jose no debería suponer ningún contratiempo. Pero esperará a la noche para abordarlo de manera reposada y tranquila. Así que le da una chupada intensa al pitillo y lo arroja a la taza del inodoro.

    Cuando se disponía a salir del cuarto de baño se ha topado con su propia mirada en el espejo, veteando unos reflejos esmeraldas desde el otro lado que le hacen parpadear de manera nerviosa. Después se ha vuelto a la cama donde su marido ya no emitía esos ruidos insoportables. Tan sólo respiraba con la intensidad misma de la noche más oscura, y lo hacía con tal abundancia, como si así se lograse dormir más deprisa y con ello consiguiera descansar doblemente. Ella ya no ha logrado conciliar el sueño por lo que decide permanecer en la cama boca arriba, mirando a nada, esperando la hora en que suene el despertador: las siete y treinta y dos minutos justas. Pero no se ha despertado hasta que no oyó como Jose daba la última vuelta en la llave al cerrar la puerta, aunque enseguida se ha vuelto a quedar dormida hasta el mediodía.

    Aurora prepara la comida con una meticulosidad casi quirúrgica. Cada paso de una receta ella lo interpreta como un rito inalterable de la ceremonia culinaria y su pulcritud tanto en el tratamiento de los condimentos como en el corte de carnes y pescados es tal, que si alguien entrara en la cocina sentiría un recogimiento semejante al que se respira en un templo durante la liturgia. Así, cuando Josito vuelve sobre las tres, nada más abrir la puerta sufre un vahído provocado por los aromas de los guisos y el hervor de los pucheros, ya que el éxtasis que su pituitaria experimenta es tal que se le descompensan los jugos gástricos. Sin embargo para Auri la cocina es el ineludible castigo que ha de sufrir diariamente por no haberse buscado aún un trabajo que la aleje definitivamente del bullir sofocante de las ollas y el olor a cebolla impregnándole la ropa, la piel. Incluso prefiere pasarse un día entero cocinando antes de tener que hacerlo durante el fin de semana, por lo que los viernes suele dedicarlos por completo a la singular tortura de la espumadera y el delantal.

    Como hoy se levantó tarde, ha echado mano de las eficaces recetas de pastas de su cuaderno rojo, que suele sacarla de más de un apuro. Así que dio un baldeo a las cuatro macetas que tiene en la terraza, arregló un poco el salón, fregó el cuarto de baño y se ha despachado después con unos espaguetis con carne picada de ternera a los tres quesos.

    Hoy Josito se adelantó en su llegada un cuarto de hora, por lo que antes de comer se sentó en el ordenador a repasar el correo. Después, ha apagado el ordenador y se ha dirigido hacia la cocina, lugar donde suelen hacer las comidas al no ser que tengan invitados, ya que entonces lo hacen en el salón. Se ha sentado delante del plato, lo ha probado y ha sonreido a Auri celebrando la sabrosa mezcla de queso gorgonzola, mozarela y parmesano que cubría los espaguetis como una lava volcánica. Después de hechos los honores se ha quedado como absorto en el chasquido de su mandíbula al masticar o quizás narcotizado por los efluvios de aquel magma de pasta y queso que tanto celebraba, pero que siempre devora sin apenas saborear, con el consiguiente enfado de su mujer.

    – ¡ No se para qué me rompo la cabeza pensando en qué hacer de comer!. Si total, tú nunca lo sabrás valorar.

    – Tengo hambre y sabes que cuando tengo hambre, devoro. Es así de simple, no tienes porqué enfadarte.

    – Una cosa es el hambre y otra la consideración y el respeto por la cocinera.

    En este momento de la conversación Jose suele callarse para evitar un farragoso y molesto cuerpo a cuerpo con Auri, quien siempre continúa su letanía durante unos instantes hasta que por fin considera que se ha desahogado lo suficiente. A todo esto, ya ha terminado de comer, así que recoge sus platos, los mete en el lavavajillas y prepara el café mientras Auri aún anda con el postre.

    Es un ritual que repiten de manera invariable todas las sobremesas y eso a ella le produce cierta incomodidad, sobre todo porque casi nunca su marido permanece sentado en la mesa  mientras ella aún no ha terminado, aunque sólo lo haga para poder contarle las trivialidades que ese día hubiesen ocurrido en la tienda. Por el contrario, se marcha hasta el salón y se tumba en el sofá para dormitar con las noticias de la tele durante los cinco minutos exactos que tarda en despertarle el aroma del café recién hecho.

    Pero hoy ella estaba dispuesta a romper su feliz rutina, a estropearle la seguridad que le da saberse el dueño de ese momento y de ese tiempo, porque lo dice la máxima jurídica, que la costumbre es derecho, y justo después que Jose se ha secado las manos tras haber dejado en el fuego mediano la cafetera, le atacó con una de esas preguntas que a él le hacen arquear las cejas.

    – ¿Cuándo te puedes coger una mañana libre esta semana?.

   Jose permaneció inmóvil, aguantando a duras penas el rictus de las cejas. Respiró profundamente y contestó con otra pregunta.

    – ¿Cuándo te interesa a ti que lo haga?.

    – El jueves, el jueves es el día perfecto.

    Aurora contestó inmediatamente, como si el dejarle pensar supusiera una ventaja que no le podía permitir, por lo que de esta manera ha logrado entorpecer el baile inquieto que sus cejas habían comenzado arriba y abajo. Después   ha permanecido a la expectativa mirando a su marido con un gesto de chulería no exento de cierta petulancia y que le hace achinar sus ojos hasta transformarlos en dos finas rayas verdes.

    – Pues veré qué puedo hacer…

    – ¡Cómo que veré qué puedo hacer!, ¡tienes que librar el jueves por la mañana!

    – ¿Pero qué es eso tan urgente que te traes entre manos?

    – He concertado una cita en la Clínica de fertilidad para las diez de la mañana.

    – ¿Y porqué no has empezado por ahí en vez de montarme el numerito? De todas maneras, gracias por contar conmigo para tomar decisiones.

    – Sabes perfectamente que sobre este tema hemos hablado millones de veces y creía que eso ya lo teníamos discutido y estábamos de acuerdo ¿no?

    Aurora no soporta las amnesias repentinas que suele sufrir su marido, por lo que su tono de voz se vuelve más violento.

    – La última vez que hablamos sobre ello me dijiste que fuera mirando el tema y lo he hecho. Además, tú mismo sugeriste que debíamos tener en cuenta la posibilidad de buscar ayuda facultativa.

    – Está bien, está bien… ¡llevas toda la razón del mundo ¡ perdóname. El jueves… sí, perfecto.

    El bullir de la cafetera lo ha devuelto a sus menesteres y con mucho mimo sirve dos cafés cortados en la mesa de la cocina, mientras Auri hace un intento de tirar a la basura, junto a las sobras de su plato, aquel poso de amargor que su marido había logrado reavivar en su estómago. Cuando termina de empujar con el tenedor el último resto y se vuelve hacia Jose, éste ya la espera sentado en la mesa con la misma sonrisa de idiota que ella tanto suele celebrar, aunque ésta vez no le surtió efecto.

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